La hipocresía como sistema electoral
Una reflexión incómoda sobre lo que realmente pasó el primer domingo de febrero 2026
Vamos a decirlo sin rodeos, pero con respeto: ni Laura Fernández ganó, ni la oposición perdió. Esa es la primera mentira que deberíamos quitarnos de la cabeza si de verdad queremos entender lo que ocurrió el pasado primer domingo de febrero. La verdadera ganadora de esas elecciones no fue un partido ni una candidata. Fue la hipocresía del costarricense. Esa vieja costumbre que tenemos de señalar con el dedo mientras hacemos exactamente lo mismo que criticamos.
La gente que votó por doña Laura y permítanme llamarla así, sin faltarle el respeto, pero sin otorgarle un respeto que su desempeño no me merece, no fue a las urnas a votar por una persona. Tampoco fue a votar por un plan de gobierno. Fue a votar por una narrativa. Una narrativa ganadora que lleva instalada en el poder desde el primer minuto del gobierno de Rodrigo Chaves. Cuatro años en los que no pasaba un solo día sin que se hablara del "gran apoyo" al presidente. Cuatro años de repetición constante, de sonrisas ensayadas en cadena nacional, de "el pueblo está conmigo" dicho hasta el cansancio. Eso no es política. Eso es, lisa y llanamente, hipnosis colectiva.
Esa inercia mediática provocó algo que ningún analista quiso ver: el chavismo no salió a votar por Laura Fernández. Salió a votar para no perder. Y la diferencia entre una cosa y la otra es enorme. Unos votan porque creen en algo. Los otros votan porque tienen miedo de que se acabe la fiesta. Y cuando alguien vota a no perder, vota con las tripas, no con la cabeza. Y las tripas, permítanme decirlo, nunca leen un programa de gobierno.
Lo que duele escuchar
Y aquí quiero detenerme, porque hay algo que me resulta particularmente doloroso. Me duele ver a personas con mucha educación formal, doctorados, maestrías, años de estudio, currículos impecables decir, con toda la seriedad del mundo, una frase como esta: "Es que yo voté por doña Laura porque ustedes la ofendieron mucho".
Detengámonos un momento a leer esa frase otra vez. Despacio.
"Porque ustedes la ofendieron mucho."
Esa es la justificación. No hay un plan económico detrás. No hay una propuesta educativa. No hay una política exterior coherente. No hay una hoja de ruta para sacar al país del atolladero en el que lo han metido. No. La explicación es: Me ofendieron a ella, entonces voté por ella.
¿Dónde quedó el análisis político? ¿Dónde quedó la exigencia? ¿Dónde quedó la responsabilidad de decidir el voto con criterio? Todo eso se fue por la ventana, reemplazado por un impulso emocional que no le pediríamos ni a un adolescente. Porque ofenderse no es votar. Porque la indignación selectiva no construye un plan de gobierno. Porque confundir una grosería ajena con una plataforma política es, simple y llanamente, un acto de irresponsabilidad ciudadana.
Y lo más grave de todo es esto: esa misma persona, con toda su educación, si usted le pregunta por qué no votó por la opción que ella misma decía defender, le responderá con una lista de excusas en las que la palabra "arrogancia" aparecerá al menos tres veces. Pero nunca digo, nunca aparecerá la palabra "autocrítica".
Porque ese es el problema, querido lector: tener muchos títulos universitarios no nos vacuna contra la hipocresía. Un doctorado no nos quita la capacidad de engañarnos a nosotros mismos. Y cuando una persona inteligente decide justificar su voto en el rencor en lugar de la razón, no está haciendo política. Está siendo humana, demasiado humana. Y también está siendo parte del problema.
Miremos los hechos como son, sin anestesia: ese voto, se mire desde donde se mire, fue influenciado por la narrativa ganadora. No fue un voto crítico. No fue un voto informado. Fue un voto reactivo. Y la política hecha desde la reacción visceral es la madre de todas las derrotas.
Mientras tanto, en el otro lado
Mientras todo esto pasaba, en el otro lado el nuestro, el de los que nos creemos los buenos, el de los que tenemos la razón, el de los que sabemos cómo se hacen las cosas, pasó lo de siempre. Antes de sentarse a pensar en política, antes de hacer un mínimo ejercicio de autocrítica, antes de preguntarse por qué una figura como Chaves con toda su corrupción, su impericia política, sus infidelidades maritales. Sus nexos con el narco y hasta sus faltas de ortografía les ganaron; la arrogancia y la superioridad moral e intelectual se los comió por completo.
Y lo peor no es que perdieron. Lo peor es que todavía hoy, después de la paliza electoral que recibieron, siguen haciendo alarde de esa misma soberbia. Siguen diciendo: "Nosotros somos los buenos, y quien se me oponga es malo".
Pero permítanme decirles algo: eso no es política. Eso es religión. Y en religión no hay debate posible. En religión no hay autocrítica. En religión solo hay conversos y herejes. Y cuando usted convierte la política en una cruzada moral, no está haciendo democracia. Está haciendo inquisición. Y la Inquisición, por si alguien lo ha olvidado, quema a sus herejes. Pero también quema a sus propios dudosos. Y quema, sobre todo, la posibilidad de construir algo diferente.
Un patrón que se repite
Hay una conducta que se repite elección tras elección en Costa Rica. Un mecanismo recursivo que nadie quiere nombrar, porque nombrarlo implicaría mirarse al espejo. Es más o menos así:
Primero, nos instalamos en una superioridad moral que consideramos inquebrantable. Segundo, convertimos al adversario en un monstruo de caricatura. Tercero, asumimos que el simple hecho de "no ser él" nos garantiza el triunfo. Cuarto, perdemos. Quinto, nos indignamos. Sexto, empezamos otra vez desde el principio.
Ese bucle es nuestra verdadera crisis democrática. No es Chávez. No es Laura. No son los otros. Somos nosotros. Nuestra incapacidad de hacer política sin arrogancia. Nuestra incapacidad de escuchar al que piensa distinto sin bloquearlo. Nuestra incapacidad de entender que la verdad es la verdad, se mire desde donde se mire, y que los hechos están ahí, fríos, duros, y no se negocian.
Para ir cerrando
Por eso perdieron. Y por eso, si no cambian esa conducta repetitiva, ese reflejo automático de convertir al otro en demonio, de creerse moralmente superiores, de confundir la indignación con la razón, van a seguir perdiendo. Una vez tras otra. Porque la hipocresía del costarricense no es un accidente. Es un sistema. Un sistema que nos permite señalar al vecino mientras hacemos exactamente lo mismo. Un sistema que nos permite llamar "dictadura" a lo que no nos gusta, pero practicar el autoritarismo en nuestra propia mesa familiar, en nuestra propia organización política, en nuestra propia incapacidad de escuchar al que piensa diferente.
La verdadera ganadora de esas elecciones fue la hipocresía. Y mientras no nos miremos al espejo y reconozcamos que llevamos puesta la misma camiseta que criticamos, seguiremos perdiendo. No solo elecciones. Perderemos la decencia de hacer política sin arrogancia. Perderemos la oportunidad de construir algo que no sea la repetición eterna del mismo error.
La política no se hace con superioridad moral. La política se hace con humildad de método y con dignidad de principios. Y si no lo entendemos ahora, cuando la evidencia está ahí delante de nosotros, entonces el problema ya no es de ignorancia. Es de soberbia. Y esa soberbia, amigo mío, es la que nos está destruyendo.
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Analista geopolítico.
No tengo títulos universitarios que exhibir. Tengo, en cambio, más de 55 años de observar cómo se toman y se imponen las decisiones que afectan la soberanía de los países pequeños. He visto promesas incumplidas, decretos con dueño extranjero, y una prensa que confunde "modernización" con "sumisión tecnológica".
Este blog no es una tesis académica. Es un cuaderno de bitácora de quien ha decidido no mirar hacia otro lado. Los datos están aquí. Las fuentes, también. El lector es libre de comprobar, refutar o ampliar.
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