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Manifiesto

Este blog es mi cuaderno de bitácora desde 2010. No tengo títulos universitarios que exhibir. Tengo, en cambio, más de una década observando cómo se toman y se imponen las decisiones que afectan la soberanía de los países pequeños. He visto promesas incumplidas, decretos con dueño extranjero, y una prensa que confunde "modernización" con "sumisión tecnológica". Aquí no encontrará citas de autores muertos para parecer académico. Encontrará análisis basado en documentos oficiales, fechas, nombres y hechos. Si busca a alguien que le diga lo que ve —sin filtros institucionales ni miedo a las consecuencias—, está en el lugar correcto.

sábado, 16 de mayo de 2026

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El ídolo de barro: pastor, periodista, diputado... y depredador

No hay figura más peligrosa en el espacio público que aquella que se arroga un mandato divino para ejercer poder sin rendir cuentas humanas. Pero cuando ese mismo hombre además ha sido periodista en los medios más poderosos, y también dos veces diputado con toda la investidura, el fuero, la capacidad de legislar, fiscalizar y aprobar presupuestos desde la magistratura legislativa, entonces el peligro deja de ser personal y se vuelve institucional, blindado, casi imposible de tocar.

El caso del dos veces exdiputado, múltiples veces candidato presidencial, pastor, autoproclamado "apóstol", esposo, padre de familia, periodista con pasado en grandes medios… y magistrado legislativo, no es un escándalo más. Es la revelación quirúrgica de un monstruo moral que durante años caminó con la Biblia bajo el brazo, el micrófono en la otra mano, la curul bajo sus pies y las manos sucias.

La acusación de acoso sexual no es un accidente en su biografía. Es la consecuencia lógica de una estructura de poder absoluto, sacralizado, mediático, legislativo e incuestionable. Porque este hombre no solo predicaba desde el púlpito: también predicaba desde la pantalla y desde la tribuna parlamentaria. No solo bendecía a sus fieles: también los entrevistaba, los informaba y, desde su escaño, decidía leyes que afectaban sus vidas. No solo usaba su autoridad pastoral para acercarse a mujeres vulnerables: usaba su credencial de diputado para circular por pasillos restringidos, para tener oficinas privadas dentro del Estado, para gozar de fueros que lo protegían de ser investigado.

Y ahí radica la perversidad más profunda: el poder legislativo, que fue diseñado para proteger a los ciudadanos, se convirtió en el escudo del depredador. ¿Cuántas mujeres en la Asamblea Legislativa sufrieron en silencio sabiendo que su acosador podía votar su presupuesto, eliminar su puesto o invocar su fuero para que ninguna denuncia prosperara?

Aquí el agravante moral es mayúsculo. No se trata de un funcionario cualquiera. Se trata de un pastor que predicó fidelidad. Un periodista que firmó notas como si la objetividad fuera su religión. Un magistrado legislativo que juró velar por el bien común mientras construía su propio feudo de impunidad.

Pero hay una traición más íntima, más profunda, más vil que todas las anteriores. Una que no ocurrió en el púlpito, ni en el set de noticias, ni en la curul. Ocurrió en la casa. En la cama. En la confianza. En la mirada de unos hijos que aún no entienden cómo el hombre que les pedía que se arrodillaran para rezar era el mismo que se arrodillaba ante sus propios instintos depredadores.

Hablemos claro: la peor infidelidad de este hombre no fue contra la ley, ni contra el periodismo, ni contra la Asamblea Legislativa, ni siquiera contra las mujeres que acosó. La peor infidelidad fue contra su esposa y contra sus hijos.

Porque una esposa que lo miró a los ojos cada mañana, que creyó en su llamado divino, que lo acompañó a la tribuna, que posó con él para las fotos de "familia ejemplar", ahora tiene que enfrentar la verdad más cruel: el hombre con quien compartió su cama, su mesa, su vida y su fe, es el mismo que buscaba a otras mujeres en las sombras, que usaba su poder para acorralarlas, que jugaba a ser santo delante de ella y demonio a sus espaldas.

¿Qué clase de esposo predica la pureza del matrimonio mientras su mente y sus manos ya habían violado ese pacto mucho antes de que cualquier denuncia saliera a la luz? ¿Qué clase de padre les enseña a sus hijos el respeto por la mujer mientras él mismo las cosifica, las acecha, las somete desde su posición de poder?

La infidelidad no comienza cuando hay un acto sexual. Comienza cuando hay una decisión secreta de violar la confianza. Y este hombre tomó esa decisión miles de veces: cada vez que usó su púlpito para ganarse la confianza de una mujer vulnerable, cada vez que usó su micrófono para acercarse a una compañera de trabajo, cada vez que usó su curul para ejercer poder sobre una funcionaria. Esas fueron las infidelidades reales. El acoso fue solo la punta del iceberg de una vida entera construida sobre el engaño.

Y sus hijos, si es que algún día pueden reconciliarse con esta verdad, tendrán que cargar con el peso más pesado que un padre puede dejarles: no la pobreza, no la ausencia, no la enfermedad. La vergüenza. La vergüenza de saber que el hombre que les dio la vida, el que bendijo sus cumpleaños, el que los presentó en sociedad como "la familia del apóstol", era un depredador con disfraz de cordero.

No hay perdón fácil para eso. No hay consejería pastoral, ni declaración pública, ni retiro espiritual que borre la mirada rota de una esposa que descubre que su matrimonio fue una fachada, o la herida de unos hijos que tendrán que explicarle al mundo por qué su apellido ahora es sinónimo de hipocresía.

Condenar moralmente a este hombre por su acoso sexual es necesario. Pero condenarlo por lo que le hizo a su familia, esa familia que usó como escudo, como foto, como campaña política, como certificado de moralidad, es un deber ético ineludible. Porque la traición a los que te aman, a los que duermen bajo tu techo, a los que llevan tu sangre, no tiene comparación con ninguna otra.

Un hombre que traiciona a su esposa y a sus hijos desde el poder no es solo un acosador. Es un farsante completo. Un perjuro de la vida. Un idólatra de sí mismo que sacrificó lo más sagrado, su familia, en el altar de sus propios apetitos.

Que su esposa lo mire hoy con el horror de quien descubre que vivió con un extraño. Que sus hijos lo miren con el silencio de quien ya no puede admirar. Que su familia entera sepa que la peor infidelidad no fue contra el Estado ni contra las víctimas anónimas: fue contra ellos. Y que eso, eso que duele en la carne de los suyos sea su condena más definitiva, porque no hay fuero, ni curul, ni púlpito, ni micrófono que lo proteja del espejo roto que ahora tiene enfrente.

Condenar moralmente a este hombre no es opcional. Es el primer paso para desmontar la hipocresía institucionalizada. Pero recordar siempre que, antes de ser un depredador público, fue un verdugo privado. Y esa es la herida que nunca cerrará.

"Predicó fidelidad desde el púlpito, la firmó como periodista, la juró como diputado... y la pisoteó en la cara de su esposa y sus hijos. Esa es su verdadera obra."


sábado, 9 de mayo de 2026

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El vacío no está en el discurso, está en la actitud

(Y el decreto que firmó sin saber lo que firmaba)

El 8 de mayo de 2026, Costa Rica cumplió una vez más con el ritual democrático del traspaso del mando en el Poder Ejecutivo. No entraré a considerar si la ceremonia fue más o menos vivaz, más o menos elegante. Ese no es el punto. Lo que me detuvo y lo que me parece urgente señalar no fue lo que la nueva presidenta dijo o dejó de decir, sino la actitud con la que lo dijo. Y luego, lo que hizo.

Porque no bastó con el discurso vacío. Tuvo que venir la firma.


La escena

Poco después de recibir la banda presidencial, Laura Fernández convocó al primer Consejo de Gobierno. Cámaras encendidas, funcionarios recién juramentados, la solemnidad del momento. Y ella, con la pluma en la mano, anunciando al país que firmaba un decreto para acabar con las "alcahueterías".

"A partir de este momento", dijo con la mandíbula tensa y el dedo índice levantado, "el año carcelario será de 360 días naturales. No de ocho meses. A los criminales no los queremos en Costa Rica".

La frase sonó dura. Sonó a mano firme. Sonó a lo que la gente quería escuchar después de años de saturación noticiosa con narcotraficantes que entraban y salían de prisión como quien va al supermercado.

Solo hay un problema.

Todo eso fue una mentira.

No una mentira política, de esas que se negocian en los márgenes de la verdad. Una mentira objetiva, verificable, documental. Una mentira que cualquier pasante de Derecho Penal podría haberle desmentido con el Código Penal abierto .

Porque el año carcelario en Costa Rica siempre ha sido de 360 días.

No hay tal "año de ocho meses". Eso no existe. Nunca existió. Es un mito que circula en redes sociales y en conversaciones de barra de bar, alimentado por la confusión entre el cómputo natural de la pena y los beneficios penitenciarios del artículo 55 del Código Penal, que permiten reducir la condena un día por cada dos de estudio o trabajo, con un tope de reducción de cuatro meses por año.

Pero la presidenta Fernández, a quien no le importó verificar nada, agarró ese mito popular, lo vistió de decreto ejecutivo y lo vendió como una reforma histórica.

Y ahí es donde la comedia se vuelve tragedia.


La ilegalidad de lo que hizo

Porque no basta con que sea mentira. Es, además, jurídicamente ridículo.

Tres abogados penalistas consultados por CR Hoy lo dijeron con todas sus letras: mediante un decreto ejecutivo no se puede modificar, limitar o variar lo dispuesto por una norma de rango legal. El principio de legalidad en materia penal es sagrado. Lo que Fernández firmó no tiene más valor que el papel en el que está impreso.

El abogado Rafael Rodríguez fue contundente: "Cualquier modificación relacionada con la aplicación de descuentos penitenciarios o la forma de descuento de la pena prevista en el artículo 55 del Código Penal necesariamente requiere sustento y reforma legal. No únicamente una disposición administrativa o reglamentaria".

Gerardo Huertas, otro penalista, remató: "El año carcelario ya es y siempre ha sido de 360 días. No existe un año carcelario de ocho meses. Eso viene de una errónea percepción popular y un erróneo entendimiento de cómo funcionan ciertos beneficios penitenciarios".

¿Entienden? La presidenta de la República, en su primer acto de gobierno, firmó un decreto para "resolver" un problema que no existe, usando una facultad que no tiene, para "corregir" una situación jurídica que es perfectamente clara desde hace décadas.

Eso no es mano dura.

Eso es no tener la más mínima idea de cómo funciona el país que se acaba de comprometer a gobernar.


La actitud, otra vez

Y volvemos al punto inicial.

Lo que más duele de esta escena no es la ignorancia, aunque duela. No es la demagogia, aunque asquee. Es la actitud con la que todo se hizo.

Porque si usted, señora presidenta, hubiera firmado ese decreto con la conciencia de que estaba haciendo algo simbólico, algo publicitario, algo para "mandar un mensaje" aunque no tuviera efecto jurídico... bueno, sería manipulación política, pero al menos habría cálculo.

Pero no. Lo que vimos fue a alguien convencida de que estaba cambiando el país. Convencida de que había descubierto la fórmula. Convencida de que los jueces corruptos se iban a quedar sin su "alcahuetería".

Esa convicción sin fundamento, esa seguridad sin saber, esa firmeza en el vacío... eso es lo que aterra.

No se trata de que la señora presidenta no supiera lo que firmaba. Se trata de que no le importó saber. Y si no le importa saber lo que firma en su primer decreto, ¿qué le importará después? ¿Qué otras "alcahueterías" va a descubrir que no existen? ¿Qué otros problemas imaginarios va a "resolver" con decretos que no puede firmar?


El peligro del gobernante que cree su propia película

La política está llena de personajes que prometen lo que no pueden cumplir. Eso es viejo. Eso lo sabe hasta un niño.

Pero hay una especie particularmente peligrosa: la del gobernante que cree que el problema es que nadie antes se había atrevido a hacer lo que él hace. Que cree que los técnicos, los asesores, los juristas, los que llevan décadas estudiando el Código Penal, son parte del problema. Que cree que la fuerza de la voluntad puede más que la ley.

Laura Fernández no es la primera presidenta que firma algo sin leerlo. Pero es de las pocas que lo hace con una cámara enfrente, con la seguridad del iluminado, y que encima cree que nos está haciendo un favor.

"A los criminales no los queremos en Costa Rica", dijo.

Pues yo le digo: señora presidenta, a los gobernantes que no saben lo que firman, que no consultan a nadie, que legislan por decreto sobre materia penal como si esto fuera una república bananera, a esos tampoco los queremos en Costa Rica.

Pero ya los tenemos.

Y nos va a costar cuatro años sacarlos.


El vacío que firmó

El vacío político del que hablo no está solo en el discurso que no dijo nada. Está en el papel que firmó sin saber qué decía. Está en la convicción con la que anunció una victoria sobre un enemigo que nunca existió. Está en la mirada de quienes la rodeaban, aplaudiendo, sabiendo quizá que todo era un show.

El año carcelario era de 360 días antes de usted, señora presidenta. Lo es durante usted. Y lo será después.

Lo único que usted cambió el 8 de mayo de 2026 fue mostrarle al país la diferencia entre gobernar y protagonizar.

Y usted, lamentablemente, solo sabe hacer lo segundo.

martes, 5 de mayo de 2026

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 https://www.youtube.com/watch?v=--33PHJsMpE

El HondurasGate y el silencio cómplice: Mientras el mundo descubre la trama, Costa Rica discute exabruptos

Por un ciudadano indignado

Mientras el mundo político observa con estupor las filtraciones del HondurasGate —una trama que revela cómo el trumpismo, financiado con dinero público hondureño y argentino, orquestó una célula mediática para golpear a los gobiernos de izquierda de Latinoamérica—, en Costa Rica ocurre algo profundamente vergonzoso: seguimos enfrascados en si el presidente dijo una grosería o si se puso los zapatos al revés.

La desconexión es patética. Y lo es porque no es ingenua. Es funcional.

El escándalo que debería paralizar la región

Las filtraciones obtenidas por Diario Red y el portal HondurasGate son demoledoras. En audios que abarcan de enero a febrero de 2026, el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández indultado por Donald Trump instruye al actual mandatario Nasry Asfura y a su vicepresidenta María Antonieta Mejía para montar una "unidad de periodismo digital" con sede en Estados Unidos. El objetivo: fabricar expedientes contra Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y la izquierda latinoamericana. El método: financiamiento con recursos públicos hondureños y un aporte de 350 mil dólares del presidente argentino Javier Milei.

Pero esto no es solo "corrupción política". Es mucho peor.

Los audios también revelan un plan para convertir Honduras en un enclave estratégico de EE. UU.: expansión de ZEDES (ciudades privadas con leyes propias), nueva base militar en Roatán, un tren interoceánico que excluye deliberadamente a China y, lo más escalofriante, una directriz atribuida a Trump: "En Honduras se necesita fuerza, se necesita sangre. Si vos querés tener a la gente controlada, necesitás oprimirla".

Y para rematar, la complicidad de las iglesias neopentecostales, instruidas para movilizar feligreses contra el gobierno de Xiomara Castro y hacer que "a la gente se le olvide el pasado".

Esto no es un escándalo menor. Es la hoja de ruta de una nueva recolonización.

Costa Rica, el país que mira para otro lado

Mientras en Honduras y Argentina se nombran responsables, en México y Colombia se blindan institucionalmente, en Costa Rica hacemos lo que mejor sabemos hacer: distraernos con miserias.

La prensa local se llena de titulares sobre los "exabruptos" del presidente Rodrigo Chaves. Las redes sociales arden por si dijo "tonto útil" o si le faltó el respeto a una diputada. La oposición, fragmentada e inútil, cree que el principal problema del país es la mala educación del mandatario.

¿Y lo demás? ¿El alineamiento automático de Chaves con la agenda de Trump en la OEA? ¿Su silencio cómplice ante el debilitamiento de las democracias vecinas? ¿Su intento sistemático de desmantelar instituciones autónomas (CCSS, UCR, JUDESUR) para entregarle al capital extranjero lo que queda de soberanía? ¿Su retórica polarizante que imita los manuales de la derecha dura que el HondurasGate acaba de exponer?

Eso no importa. O mejor dicho: a muchos no les conviene que importe.

¿Títere o síntoma?

No voy a llamar "traidor a la patria" al presidente Chaves porque esa palabra, en su sentido estricto, implica una intencionalidad que no puedo probar. Pero sí voy a denunciar lo que es evidente: Rodrigo Chaves es funcional al proyecto que el HondurasGate destapa.

  • Mientras Trump financia células para desestabilizar a la izquierda latinoamericana, Chaves se jacta de tener "la mejor relación con Estados Unidos en décadas".

  • Mientras en Honduras usan iglesias evangélicas para la batalla cultural, Chaves usa el mismo libreto contra el "comunismo", el "aborto" y las "ideologías de género", polarizando a la sociedad para que no mire los contratos mineros, las concesiones costeras o los préstamos con condicionalidades leoninas.

  • Mientras el HondurasGate revela cómo se fabrican noticias falsas desde el poder, Chaves llama "prensa corrupta" a todo medio que lo critica, inscribiendo su gobierno en la tradición autoritaria que el caso acaba de patentizar.

¿Es Chaves un títere? Quizás no. Pero es, sin duda, un síntoma de lo mismo: un político oportunista que ha entendido que el camino al poder no pasa por debatir soberanía, justicia social o modelo de país, sino por gritar más fuerte que los demás para que nadie escuche los engranajes de la entrega nacional.

Llamado a despertar

Seamos claros: el HondurasGate no es un problema de Honduras. Es un problema de la región entera. Y Costa Rica no es una isla feliz ni una excepción democrática. Somos el eslabón más ingenuo de una cadena de dominación que nos está comiendo vivos.

Por eso, mientras los medios locales se obsesionan con si Chaves llegó tarde a una rueda de prensa o si su tono fue "inadecuado", el verdadero debate brilla por su ausencia:

  • ¿Por qué nuestro gobierno respalda automáticamente a un Estados Unidos que financia operaciones de desestabilización en la región?

  • ¿Por qué las iglesias neopentecostales en Costa Rica crecen en silencio, alineadas con ese mismo proyecto político?

  • ¿Por qué nadie investiga si hay fondos opacos o células mediáticas similares operando desde territorio costarricense?

El problema no es que Chaves diga "estupideces". El problema es que mientras todos miramos sus exabruptos, él y su equipo siguen gobernando, y lo hacen en la dirección que Trump, Milei y JOH señalaron en los audios: debilitar lo público, polarizar a la sociedad, entregar los recursos y alinearse incondicionalmente al norte.

Basta de discutir formas. Empecemos a denunciar el fondo.

Ojalá que cuando la historia juzgue este período, no tenga que escribir que mientras el mundo descubría una conspiración para recolonizar Latinoamérica, los costarricenses estábamos demasiado ocupados riéndonos de un zapato mal puesto.


sábado, 2 de mayo de 2026

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El pacto del 1 de mayo y la paradoja de quienes reniegan de la democracia que los formó

Erlin Rojas Jiménez
Ciudadano consciente del valor del acuerdo
Mayo, 2026

El 1 de mayo de 2026, los partidos opositores al oficialismo anunciaron un pacto para retornar a Costa Rica a la vía normal de nuestra añeja democracia. Para quienes creemos en la deliberación, la alternancia responsable y el respeto a las instituciones, fue una gran noticia. Para quienes, con ínfulas totalitarias, han visto el país como territorio de reparto y rapiña, una pésima noticia.

Felicito a los diputados y diputadas que integran ese pacto de rescate nacional. No por el simple hecho de ponerse de acuerdo que ya es mucho en estos tiempos de trincheras ideológicas, sino por haber tenido la grandeza de deponer sus herramientas doctrinarias para retomar la senda de la democracia. La ideología, cuando se vuelve muralla, termina sepultando lo esencial: la posibilidad de entenderse con quien piensa distinto.

Sin embargo, aplaudir desde la tribuna no basta. Como ciudadano consciente del valor del acuerdo, me ofrezco para aparecer en la primera fila del debate y las ideas. No para otear el futuro patrio como un espectador distante, sino para ayudar a revelar el misterio más doloroso de nuestra hora: ¿por qué un sector significativo de la población costarricense que nació, creció, se educó, trabajó y envejeció en democracia, la misma democracia que les dio licuadora, confort, estabilidad y paz, hoy reniega de ella?

La democracia que conocieron y la que viven

No se trata de jóvenes radicalizados sin memoria histórica. Sería más fácil explicarlo así, pero la realidad es tozuda. Los rostros del desencanto democrático son, en muchos casos, canas y arrugas. Son hombres y mujeres que votaron durante décadas con la certeza de que su sufragio contaba; que vieron florecer el Estado social de derecho; que matricularon a sus hijos en escuelas públicas de calidad; que se atendieron en la Caja Costarricense de Seguro Social sin miedo a la quiebra; que celebraron la abolición del ejército como un orgullo nacional.

Esa gente nuestra madre, nuestro vecino, el antiguo jefe de oficina— hoy dice frases como "todos son iguales", “esto solo lo arregla un militar", "habría que barrer con todos". Y lo dice con la amargura de quien se siente traicionado por el mismo sistema que lo sacó adelante.

¿Qué ocurrió en el camino?

Cinco grietas por donde se fugó la confianza

Primero, el incumplimiento de la promesa democrática. La democracia costarricense no solo prometió libertades; prometió, implícitamente, movilidad social ascendente. Durante décadas lo cumplió: el hijo del campesino llegaba a la universidad; el nieto del inmigrante pobre ocupaba un ministerio. Esa promesa se ha roto. La clase media que se formó en democracia ha visto cómo sus hijos tienen peores perspectivas que ellos. Y cuando la democracia deja de ser el vehículo de realización, la gente comienza a mirar con otros ojos.

Segundo, la nostalgia del orden perdido. El Costa Rica rural, homogéneo, de apellidos conocidos y autoridades respetadas ya no existe. Hoy el país es urbano, diverso, complejo, ruidoso. Para quienes envejecieron en el viejo país, ese cambio no es evolución, sino caos. Y frente al caos, el alma añora la mano firme. No es casual que los discursos autoritarios calen más en quienes recuerdan "cómo era antes".

Tercero, la fatiga deliberativa. La democracia es lenta, incierta, agotadora. Exige escuchar al otro, negociar, esperar turnos. Después de décadas de hacerlo, hay un cansancio legítimo. La gente ya no quiere debates infinitos; quiere resultados. Y si los resultados no llegan, la tentación autoritaria vestida de eficacia se vuelve atractiva. "Que venga alguien y ponga orden", se dice, sin medir que quien pone orden sin contrapesos termina quedándose con todo.

Cuarto, la erosión de la educación cívica. Este es un punto que he repetido hasta el cansancio porque es vertebral. La educación cívica no es solo aprender los tres poderes de la República. Es aprender a tolerar la derrota, a respetar al adversario, a entender que ganar no da derecho a todo ni perder obliga a callar. Estas lecciones se aprenden en la escuela, en la familia, en los medios, en la conversación cotidiana. Cuando se abandonan, como ocurrió en Costa Rica en las últimas décadas, la democracia pierde su sistema inmunológico. Y entonces cualquier fiebre populista puede ser mortal.

Quinto, la degeneración clientelar. Cuando la democracia deja de ofrecer un proyecto colectivo de futuro, se reduce a una máquina de reparto de bienes y prebendas. Eso es lo que llamo, con toda crudeza, "territorio de reparto y rapiña". Y cuando eso ocurre, la gente deja de creer en la democracia como sistema y empieza a usarla como herramienta de beneficio inmediato. El paso de ciudadano a cliente es corto; y de cliente a resentido contra el sistema que no me da lo suficiente, un paso más.

El pacto como oportunidad, no como final

El pacto del 1 de mayo de 2026 es una noticia esperanzadora, pero será insuficiente si se queda en un acuerdo de élites. Para que realmente signifique un retorno a la "vía normal de nuestra añeja democracia", debe traducirse en reformas que devuelvan confianza: transparencia radical, lucha efectiva contra la corrupción, reinstalación de la educación cívica en todos los niveles, mecanismos de participación ciudadana real, y un Estado que no solo reparta, sino que construya futuro con la gente.

Además, requiere algo más difícil que una ley: requiere que quienes aún creemos en la democracia tengamos el valor de bajar al barro. De hablar con quienes reniegan de ella. De escuchar su dolor sin condescendencia. De entender que el autoritarismo no nace del odio, sino del desencanto. Y eso solo se hace con humildad, no con discursos de superioridad moral.

Conclusión: La democracia no se añora, se practica.

Quienes hoy reniegan de la democracia no reniegan de la que vivieron, sino de la caricatura en que se ha convertido. No reniegan del Estado de bienestar que los formó, sino del Estado clientelar que los decepciona. No reniegan de la libertad, sino del vacío que dejó la desaparición de los liderazgos éticos.

Por eso, mi ofrecimiento de estar en primera fila del debate no es un gesto retórico. Es una apuesta: la de que todavía es posible entender antes de juzgar; la de que la democracia no es solo un procedimiento electoral, sino un hábito del alma que se recupera con práctica diaria.

El pacto del 1 de mayo será el inicio de algo nuevo solo si ciudadanos como usted y como yo nos involucramos, no para aplaudir desde la tribuna, sino para ensuciarnos las manos en el barro de la deliberación. Porque al final, como advirtió Sócrates, la democracia no es dañina en sí misma: lo dañino es ejercerla sin saber lo que se hace. Y saber, en democracia, no es tener títulos: es tener la humildad de seguir preguntando, debatiendo y construyendo acuerdos.

Esa es la tarea. El pacto es solo el primer paso.






viernes, 1 de mayo de 2026

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El Día del Trabajador sin trabajadores: Un réquiem y una promesa

Opinión para el 1.° de mayo de 2026


I. La marcha de los ausentes

Hoy, Primero de Mayo, unos pocos miles caminarán desde la Plaza de la Democracia hacia la Casa Presidencial. Habrá banderas, consignas grabadas, discursos leídos. Los periodistas tomarán fotos. Los ministros dirán que "respetan la manifestación". Y al anochecer, todo habrá quedado igual.

Pero los trabajadores reales no estarán ahí.

No estará el guardia de seguridad que hoy cumple su turno de doce horas en un condominio de Escazú, vigilando el sueño de quienes nunca le darían un vaso de agua. No estará la trabajadora doméstica que limpia oficinas por outsourcing mientras su patrono ficticio le roba la cuota de la CCSS. No estará el repartidor de Uber Eats que recorre San José en una bicicleta prestada, sabiendo que si se cae no tiene seguro ni días de incapacidad. No estará el agricultor de Upala o Pérez Zeledón, que ya ni recuerda la última vez que un dirigente gremial pisó su parcela.

Y no estará, por supuesto, el afiliado de UPA Nacional esa organización zombi con cuerpo jurídico pero alma extraviada, porque el pequeño agricultor real ya no sabe ni quiénes son esos señores que salen en la foto con el ministro.

Este 1° de mayo es, entonces, la marcha de los ausentes. Y los ausentes no están porque nunca fueron convocados. O peor: porque aprendieron que convocarlos era una mentira.


II. La clase dirigente sindical: cadáveres que caminan

Seamos brutales en el diagnóstico, porque la ternura no ha servido de nada.

La clase dirigente sindical costarricense ha sido reducida a la irrelevancia. Sus cifras son elocuentes: menos del 8% de afiliación, huelgas que no tuercen una sola política de Estado, convenciones colectivas que se extinguen como especies en peligro. Los dirigentes viven de salarios sindicales, asesorías jurídicas, puestos en juntas institucionales y viajes pagos a congresos internacionales. Negocian "mesas de diálogo" que son cementerios de demandas. Celebran “acuerdos” que nunca se cumplen.

Y mientras tanto, el trabajador real: el informal, el precario, el de plataforma, el tercerizado sigue solo, atomizado, convencido de que la organización es un lujo de burócratas.

UPA Nacional es el espejo perfecto de esta podredumbre. Un gremio que nació con la bandera del pequeño agricultor y terminó como un apéndice del Estado: dirigentes que viven del presupuesto público, asambleas que no movilizan a nadie, comunicados de prensa que nadie lee. Un zombi organizacional con cuerpo pero sin alma. El campesino costarricense, el que cultiva en una cuarta de tierra heredada, el que vende en la feria sin seguro ni pensión, el que fue expulsado por la piña transnacional, ya no sabe que UPA Nacional existe. Y si lo sabe, le da igual.

Esta dirigencia no es enemiga del pueblo. Es peor: es irrelevante para el pueblo. No tienen poder para dañar, pero tampoco para ayudar. Sobreviven como una burocracia parasitaria que aún cree que sentarse con el ministro de Hacienda es una victoria.


III. El guardia y la patria: una contradicción que duele

Pero aquí hay algo más profundo que una crítica a dirigentes inútiles.

El guardia de seguridad privada, cuarenta mil, sesenta mil, cuatro por cada policía, no solo está ausente de la marcha. Está ausente de la idea misma de patria. Porque, ¿qué patria es esa que le paga el salario mínimo por doce horas de trabajo, que le niega la seguridad social, que lo convierte en un número en la planilla de una empresa fantasma?

La patria de los que marchan hoy no es su patria. La patria de los discursos oficiales no lo incluye. La patria de los dirigentes sindicales que negocian privilegios para sí mismos no es la suya.

Y sin embargo, y aquí viene lo incómodo, ese guardia sigue queriendo a Costa Rica. Sigue pagando sus impuestos aunque no le devuelvan nada. Sigue criando a sus hijos en un país que lo abandona. Sigue creyendo, en el fondo de su jornada interminable, que quizá las cosas pueden cambiar.

Esa es la materia prima de la esperanza. No la de los discursos. La de los que se levantan todos los días aunque no tengan motivos.


IV. La refundación: lo que ningún dirigente quiere escuchar

Refundar la lucha de clases en Costa Rica no es un ejercicio académico. Es una necesidad biológica del movimiento obrero. Y no empezará desde las cúpulas sindicales actuales. Empezará desde los márgenes, desde los desclasados, desde los que nunca han estado en la foto oficial.

Estas son las coordenadas de esa refundación:

  1. Organización territorial, no empresarial: el guardia cambia de patrono cada año, pero vive en el mismo barrio. Las asambleas de clase por barrio son la unidad básica de la nueva lucha.

  2. Tácticas de guerrilla laboral: huelgas digitales de plataformas (apagar apps en horas pico), boicots selectivos a empresas que precarizan, cajas de resistencia barriales, desobediencia fiscal en pequeña escala. Nada de eso necesita permiso de la Sala IV.

  3. Nuevos sujetos, nuevos lenguajes: el trabajador de call center, la recogedora de café sin seguro, el repartidor de Didi, el agricultor sin tierra. La lucha de clases no es blanca, ni masculina, ni sindicalizada. Es morena, femenina, joven, informal y digital.

  4. Romper el pacto con el Estado: ninguna mesa de diálogo con el gobierno que no sea precedida por movilizaciones reales. Ningún acuerdo firmado sin consulta vinculante a las bases. Ningún dirigente que viva del salario sindical más de dos períodos.

  5. Internacionalismo de los precarios: El guardia de Costa Rica tiene más en común con el repartidor de México, el delivery de Argentina y el trabajador de plataformas de España que con cualquier ministro tico. La lucha es global o no será.


V. Todavía quedamos patriotas

Y aquí va el mensaje que nadie esperaba después de tanta crudeza.

Todavía quedamos patriotas.

No patriotas de banderas ni de himnos. No patriotas de desfiles ni de discursos oficiales. Patriotas de la tierra que trabajan con sus manos. Patriotas del café que cultivan en la ladera aunque el precio no alcance. Patriotas del condominio que cuidan aunque no puedan vivir en uno. Patriotas de la oficina que limpian aunque sus nombres no estén en la placa.

Patriotas de una Costa Rica que todavía no existe, pero que merece existir: sin guardias de seguridad con salarios de hambre, sin campesinos expulsados por la agroindustria, sin trabajadoras domésticas sin seguro, sin repartidores que temen caerse porque nadie los cubre.

Esa patria no la construirán los dirigentes sindicales actuales. Están demasiado ocupados negociando sus propias jubilaciones. Tampoco la construirán los políticos de turno. Están demasiado ocupados repartiéndose el presupuesto. La construirán los que hoy no marcharon porque estaban trabajando. La construirán los que aún creen que la organización es posible, aunque todos los ejemplos digan lo contrario.


VI. El guante en el suelo

Este 1° de mayo no es un día de celebración. Es un día de duelo por el movimiento obrero que murió y aún no le avisaron. Pero también es un día de promesa: la promesa de que de estas ruinas puede nacer algo nuevo.

El guante está en el suelo. Recójanlo los que aún tienen sangre caliente. Los que no se conforman con migajas. Los que saben que la dignidad no se negocia, se conquista. Los que están dispuestos a refundar la lucha de clases en las calles, en los barrios, en las aplicaciones, en las fincas, en los parqueos.

A esos les digo: todavía quedamos patriotas. No muchos, pero suficientes. Y los suficientes, cuando se organizan, son invencibles.


*1° de mayo de 2026*
Para el guardia que nunca ha marchado, para el campesino que nunca ha sido escuchado, para la trabajadora que nunca ha sido vista: esta lucha también es suya. Y recién empieza.

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“TONAN: inteligencia artificial puesta al servicio de la memoria comunal, la política sin mentiras y el activismo que no se vende.”
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