El ídolo de barro: pastor, periodista, diputado... y depredador
No hay figura más peligrosa en el espacio público que aquella que se arroga un mandato divino para ejercer poder sin rendir cuentas humanas. Pero cuando ese mismo hombre además ha sido periodista en los medios más poderosos, y también dos veces diputado con toda la investidura, el fuero, la capacidad de legislar, fiscalizar y aprobar presupuestos desde la magistratura legislativa, entonces el peligro deja de ser personal y se vuelve institucional, blindado, casi imposible de tocar.
El caso del dos veces exdiputado, múltiples veces candidato presidencial, pastor, autoproclamado "apóstol", esposo, padre de familia, periodista con pasado en grandes medios… y magistrado legislativo, no es un escándalo más. Es la revelación quirúrgica de un monstruo moral que durante años caminó con la Biblia bajo el brazo, el micrófono en la otra mano, la curul bajo sus pies y las manos sucias.
La acusación de acoso sexual no es un accidente en su biografía. Es la consecuencia lógica de una estructura de poder absoluto, sacralizado, mediático, legislativo e incuestionable. Porque este hombre no solo predicaba desde el púlpito: también predicaba desde la pantalla y desde la tribuna parlamentaria. No solo bendecía a sus fieles: también los entrevistaba, los informaba y, desde su escaño, decidía leyes que afectaban sus vidas. No solo usaba su autoridad pastoral para acercarse a mujeres vulnerables: usaba su credencial de diputado para circular por pasillos restringidos, para tener oficinas privadas dentro del Estado, para gozar de fueros que lo protegían de ser investigado.
Y ahí radica la perversidad más profunda: el poder legislativo, que fue diseñado para proteger a los ciudadanos, se convirtió en el escudo del depredador. ¿Cuántas mujeres en la Asamblea Legislativa sufrieron en silencio sabiendo que su acosador podía votar su presupuesto, eliminar su puesto o invocar su fuero para que ninguna denuncia prosperara?
Aquí el agravante moral es mayúsculo. No se trata de un funcionario cualquiera. Se trata de un pastor que predicó fidelidad. Un periodista que firmó notas como si la objetividad fuera su religión. Un magistrado legislativo que juró velar por el bien común mientras construía su propio feudo de impunidad.
Pero hay una traición más íntima, más profunda, más vil que todas las anteriores. Una que no ocurrió en el púlpito, ni en el set de noticias, ni en la curul. Ocurrió en la casa. En la cama. En la confianza. En la mirada de unos hijos que aún no entienden cómo el hombre que les pedía que se arrodillaran para rezar era el mismo que se arrodillaba ante sus propios instintos depredadores.
Hablemos claro: la peor infidelidad de este hombre no fue contra la ley, ni contra el periodismo, ni contra la Asamblea Legislativa, ni siquiera contra las mujeres que acosó. La peor infidelidad fue contra su esposa y contra sus hijos.
Porque una esposa que lo miró a los ojos cada mañana, que creyó en su llamado divino, que lo acompañó a la tribuna, que posó con él para las fotos de "familia ejemplar", ahora tiene que enfrentar la verdad más cruel: el hombre con quien compartió su cama, su mesa, su vida y su fe, es el mismo que buscaba a otras mujeres en las sombras, que usaba su poder para acorralarlas, que jugaba a ser santo delante de ella y demonio a sus espaldas.
¿Qué clase de esposo predica la pureza del matrimonio mientras su mente y sus manos ya habían violado ese pacto mucho antes de que cualquier denuncia saliera a la luz? ¿Qué clase de padre les enseña a sus hijos el respeto por la mujer mientras él mismo las cosifica, las acecha, las somete desde su posición de poder?
La infidelidad no comienza cuando hay un acto sexual. Comienza cuando hay una decisión secreta de violar la confianza. Y este hombre tomó esa decisión miles de veces: cada vez que usó su púlpito para ganarse la confianza de una mujer vulnerable, cada vez que usó su micrófono para acercarse a una compañera de trabajo, cada vez que usó su curul para ejercer poder sobre una funcionaria. Esas fueron las infidelidades reales. El acoso fue solo la punta del iceberg de una vida entera construida sobre el engaño.
Y sus hijos, si es que algún día pueden reconciliarse con esta verdad, tendrán que cargar con el peso más pesado que un padre puede dejarles: no la pobreza, no la ausencia, no la enfermedad. La vergüenza. La vergüenza de saber que el hombre que les dio la vida, el que bendijo sus cumpleaños, el que los presentó en sociedad como "la familia del apóstol", era un depredador con disfraz de cordero.
No hay perdón fácil para eso. No hay consejería pastoral, ni declaración pública, ni retiro espiritual que borre la mirada rota de una esposa que descubre que su matrimonio fue una fachada, o la herida de unos hijos que tendrán que explicarle al mundo por qué su apellido ahora es sinónimo de hipocresía.
Condenar moralmente a este hombre por su acoso sexual es necesario. Pero condenarlo por lo que le hizo a su familia, esa familia que usó como escudo, como foto, como campaña política, como certificado de moralidad, es un deber ético ineludible. Porque la traición a los que te aman, a los que duermen bajo tu techo, a los que llevan tu sangre, no tiene comparación con ninguna otra.
Un hombre que traiciona a su esposa y a sus hijos desde el poder no es solo un acosador. Es un farsante completo. Un perjuro de la vida. Un idólatra de sí mismo que sacrificó lo más sagrado, su familia, en el altar de sus propios apetitos.
Que su esposa lo mire hoy con el horror de quien descubre que vivió con un extraño. Que sus hijos lo miren con el silencio de quien ya no puede admirar. Que su familia entera sepa que la peor infidelidad no fue contra el Estado ni contra las víctimas anónimas: fue contra ellos. Y que eso, eso que duele en la carne de los suyos sea su condena más definitiva, porque no hay fuero, ni curul, ni púlpito, ni micrófono que lo proteja del espejo roto que ahora tiene enfrente.
Condenar moralmente a este hombre no es opcional. Es el primer paso para desmontar la hipocresía institucionalizada. Pero recordar siempre que, antes de ser un depredador público, fue un verdugo privado. Y esa es la herida que nunca cerrará.
"Predicó fidelidad desde el púlpito, la firmó como periodista, la juró como diputado... y la pisoteó en la cara de su esposa y sus hijos. Esa es su verdadera obra."
