El pacto del 1 de mayo y la paradoja de quienes reniegan de la democracia que los formó
Erlin Rojas Jiménez
Ciudadano consciente del valor del acuerdo
Mayo, 2026
El 1 de mayo de 2026, los partidos opositores al oficialismo anunciaron un pacto para retornar a Costa Rica a la vía normal de nuestra añeja democracia. Para quienes creemos en la deliberación, la alternancia responsable y el respeto a las instituciones, fue una gran noticia. Para quienes, con ínfulas totalitarias, han visto el país como territorio de reparto y rapiña, una pésima noticia.
Felicito a los diputados y diputadas que integran ese pacto de rescate nacional. No por el simple hecho de ponerse de acuerdo que ya es mucho en estos tiempos de trincheras ideológicas, sino por haber tenido la grandeza de deponer sus herramientas doctrinarias para retomar la senda de la democracia. La ideología, cuando se vuelve muralla, termina sepultando lo esencial: la posibilidad de entenderse con quien piensa distinto.
Sin embargo, aplaudir desde la tribuna no basta. Como ciudadano consciente del valor del acuerdo, me ofrezco para aparecer en la primera fila del debate y las ideas. No para otear el futuro patrio como un espectador distante, sino para ayudar a revelar el misterio más doloroso de nuestra hora: ¿por qué un sector significativo de la población costarricense que nació, creció, se educó, trabajó y envejeció en democracia, la misma democracia que les dio licuadora, confort, estabilidad y paz, hoy reniega de ella?
La democracia que conocieron y la que viven
No se trata de jóvenes radicalizados sin memoria histórica. Sería más fácil explicarlo así, pero la realidad es tozuda. Los rostros del desencanto democrático son, en muchos casos, canas y arrugas. Son hombres y mujeres que votaron durante décadas con la certeza de que su sufragio contaba; que vieron florecer el Estado social de derecho; que matricularon a sus hijos en escuelas públicas de calidad; que se atendieron en la Caja Costarricense de Seguro Social sin miedo a la quiebra; que celebraron la abolición del ejército como un orgullo nacional.
Esa gente nuestra madre, nuestro vecino, el antiguo jefe de oficina— hoy dice frases como "todos son iguales", “esto solo lo arregla un militar", "habría que barrer con todos". Y lo dice con la amargura de quien se siente traicionado por el mismo sistema que lo sacó adelante.
¿Qué ocurrió en el camino?
Cinco grietas por donde se fugó la confianza
Primero, el incumplimiento de la promesa democrática. La democracia costarricense no solo prometió libertades; prometió, implícitamente, movilidad social ascendente. Durante décadas lo cumplió: el hijo del campesino llegaba a la universidad; el nieto del inmigrante pobre ocupaba un ministerio. Esa promesa se ha roto. La clase media que se formó en democracia ha visto cómo sus hijos tienen peores perspectivas que ellos. Y cuando la democracia deja de ser el vehículo de realización, la gente comienza a mirar con otros ojos.
Segundo, la nostalgia del orden perdido. El Costa Rica rural, homogéneo, de apellidos conocidos y autoridades respetadas ya no existe. Hoy el país es urbano, diverso, complejo, ruidoso. Para quienes envejecieron en el viejo país, ese cambio no es evolución, sino caos. Y frente al caos, el alma añora la mano firme. No es casual que los discursos autoritarios calen más en quienes recuerdan "cómo era antes".
Tercero, la fatiga deliberativa. La democracia es lenta, incierta, agotadora. Exige escuchar al otro, negociar, esperar turnos. Después de décadas de hacerlo, hay un cansancio legítimo. La gente ya no quiere debates infinitos; quiere resultados. Y si los resultados no llegan, la tentación autoritaria vestida de eficacia se vuelve atractiva. "Que venga alguien y ponga orden", se dice, sin medir que quien pone orden sin contrapesos termina quedándose con todo.
Cuarto, la erosión de la educación cívica. Este es un punto que he repetido hasta el cansancio porque es vertebral. La educación cívica no es solo aprender los tres poderes de la República. Es aprender a tolerar la derrota, a respetar al adversario, a entender que ganar no da derecho a todo ni perder obliga a callar. Estas lecciones se aprenden en la escuela, en la familia, en los medios, en la conversación cotidiana. Cuando se abandonan, como ocurrió en Costa Rica en las últimas décadas, la democracia pierde su sistema inmunológico. Y entonces cualquier fiebre populista puede ser mortal.
Quinto, la degeneración clientelar. Cuando la democracia deja de ofrecer un proyecto colectivo de futuro, se reduce a una máquina de reparto de bienes y prebendas. Eso es lo que llamo, con toda crudeza, "territorio de reparto y rapiña". Y cuando eso ocurre, la gente deja de creer en la democracia como sistema y empieza a usarla como herramienta de beneficio inmediato. El paso de ciudadano a cliente es corto; y de cliente a resentido contra el sistema que no me da lo suficiente, un paso más.
El pacto como oportunidad, no como final
El pacto del 1 de mayo de 2026 es una noticia esperanzadora, pero será insuficiente si se queda en un acuerdo de élites. Para que realmente signifique un retorno a la "vía normal de nuestra añeja democracia", debe traducirse en reformas que devuelvan confianza: transparencia radical, lucha efectiva contra la corrupción, reinstalación de la educación cívica en todos los niveles, mecanismos de participación ciudadana real, y un Estado que no solo reparta, sino que construya futuro con la gente.
Además, requiere algo más difícil que una ley: requiere que quienes aún creemos en la democracia tengamos el valor de bajar al barro. De hablar con quienes reniegan de ella. De escuchar su dolor sin condescendencia. De entender que el autoritarismo no nace del odio, sino del desencanto. Y eso solo se hace con humildad, no con discursos de superioridad moral.
Conclusión: La democracia no se añora, se practica.
Quienes hoy reniegan de la democracia no reniegan de la que vivieron, sino de la caricatura en que se ha convertido. No reniegan del Estado de bienestar que los formó, sino del Estado clientelar que los decepciona. No reniegan de la libertad, sino del vacío que dejó la desaparición de los liderazgos éticos.
Por eso, mi ofrecimiento de estar en primera fila del debate no es un gesto retórico. Es una apuesta: la de que todavía es posible entender antes de juzgar; la de que la democracia no es solo un procedimiento electoral, sino un hábito del alma que se recupera con práctica diaria.
El pacto del 1 de mayo será el inicio de algo nuevo solo si ciudadanos como usted y como yo nos involucramos, no para aplaudir desde la tribuna, sino para ensuciarnos las manos en el barro de la deliberación. Porque al final, como advirtió Sócrates, la democracia no es dañina en sí misma: lo dañino es ejercerla sin saber lo que se hace. Y saber, en democracia, no es tener títulos: es tener la humildad de seguir preguntando, debatiendo y construyendo acuerdos.
Esa es la tarea. El pacto es solo el primer paso.
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Analista geopolítico.
No tengo títulos universitarios que exhibir. Tengo, en cambio, más de 55 años de observar cómo se toman y se imponen las decisiones que afectan la soberanía de los países pequeños. He visto promesas incumplidas, decretos con dueño extranjero, y una prensa que confunde "modernización" con "sumisión tecnológica".
Este blog no es una tesis académica. Es un cuaderno de bitácora de quien ha decidido no mirar hacia otro lado. Los datos están aquí. Las fuentes, también. El lector es libre de comprobar, refutar o ampliar.
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